Veo en la oscuridad

Veo a esas personas a lo lejos como si viera a través de un espejo. Veo a lo lejos y distingo las voces de niños riendo y de adu...

viernes, 17 de octubre de 2008

Fragmento del Libro "Señor Dios soy Anna" de Flynn

Una vez terminada la cena y recogido todos los restos y sobrantes, Anna y yo nos dedicábamos a alguna actividad, que generalmente elegía ella. Los cuentos de hadas quedaban de lado como simples ficciones; vivir era real, interesante, y mucho mas divertido. La lectura de la biblia no resultaba muy satisfactoria. Anna la consideraba mas bien como una lectura elemental, estrictamente para niños muy pequeños. El mensaje de la Biblia era simple, y cualquiera que tuviera dos dedos de frente lo entendía en media hora escasa.
La religión era para hacer cosas. Una vez captado el mensaje, no servía de mucho volver una y otra vez sobre los mismo. El párroco de nuestro barrio se quedó de una pieza cuando habló con Anna de Dios.

La conversación fue así:
-¿Tú crees en Dios?
-Sí.
-¿Y sabes lo que es Dios?
-Sí.
-Bueno. ¿Qué es Dios?
-!Es Dios!
-¿Vas a la Iglesia?
-No.
-¿Por qué no?
-!Por que ya sé todo lo que hay que saber!
-¿Que es lo que sabes?
-Se amar al Señor Dios y amar a la gente y a los gatos y a los perros y a las arañas y a las flores y a los árboles – y la enumeración seguía y seguía - con todo mi corazón.

Carol me miró con una sonrisa. Stan puso cara de ausente y yo me metí a toda prisa un cigarrillo en la boca y me permití el lujo de toser un poco. No es mucho lo que se puede hacer frente a una acusación como ésa, ya que en el fondo de eso se trataba. (“Los locos y los niños...”). Anna había dejado de lado los detalles para destilar siglos de enseñanza en una sola declaración:

-Y Dios dijo ámame, ámalos y no te olvides de amarte a ti mismo también.

A Anna, toda la historia de que los adultos fueran a la iglesia le parecía muy sospechosa. La idea de una adoración colectiva chocaba con su necesidad de mantener conversaciones privadas con el Señor Dios. Y en cuanto a eso de ir a la iglesia a encontrarse con el Señor Dios, le parecía ridículo. Después de todo, si el Señor Dios no estaba en todas partes, no estaba en ningún lado. Para Anna, la presencia física en la iglesia y las charlas con el Señor Dios no tenían necesariamente ninguna relación. Para ella, todo el asunto era de una transparente simplicidad. Cuando uno era muy pequeñito, iba a la iglesia para enterarse del mensaje. Una vez lo conocía, se iba y comenzaba a practicar lo que había aprendido. Si uno seguía yendo a la iglesia era porque no había recibido el mensaje, porque no lo había entendido, o simplemente por hacer alarde...”

“...Me imagino que las palabras que mas utilizaba Anna cuando escribía y hablabla eran “Señor Dios”. Las que les pisaban los talones eran las que Anna llamaba palabras “de preguntar”. “Qué”, “cuál”, “dónde”, “por qué”, “quién”, todas ellas eran palabras de preguntar. Además de palabras de preguntar, había palabras de contestar; esas eran las palabras que indicaban algo, que señalaban algo. No era cuestión de señalar con el dedo; se señalaba con la lengua diciendo: “Eso”, “este”, “ahí”, “porque”, “yo”, (o “tú” o “el Señor Dios”).

En general, Anna estaba convencida de que el lenguaje mismo se podía dividir en dos partes: la parte de preguntar y la parte de contestar. De las dos, la parte de preguntar era la mas importante. La parte de contestar daba ciertas satisfacciones, pero no era tan importante como la parte de preguntar, ni con mucho. Las preguntas era una especie de picazón interna, una urgencia de avanzar. Las preguntas, pero las preguntas de verdad, tenían una peculiaridad; jugar con ellas era peligroso, pero emocionante. Nunca se sabía donde podía uno ir a parar.
Ese era el problema de algunos sitios como la escuela y la iglesia; parecía que de las partes del lenguaje, les interesaba más la de contestar que la de preguntar...”