Veo en la oscuridad

Veo a esas personas a lo lejos como si viera a través de un espejo. Veo a lo lejos y distingo las voces de niños riendo y de adu...

domingo, 10 de enero de 2010

El Tigre y la Doncella



El Tigre y la doncella

El Tigre (Pablo Neruda)
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Soy el tigre.
Te acecho entre las hojas
anchas como lingotes
de mineral mojado.

El río blanco crece
bajo la niebla. Llegas.

Desnuda te sumerges.
Espero.

Entonces en un salto
de fuego, sangre, dientes,
de un zarpazo derribo
tu pecho, tus caderas.

Bebo tu sangre, rompo
tus miembros uno a uno.

Y me quedo velando
por años en la selva
tus huesos, tu ceniza,
inmóvil, lejos
del odio y de la cólera,
desarmado en tu muerte,
cruzado por las lianas,
inmóvil, lejos
del odio y de la cólera,
desarmado en tu muerte,
cruzado por las lianas,
inmóvil en la lluvia,
centinela implacable
de mi amor asesino.

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Tigre, tigre de gran poder, en los bosques de Lumiere.
Podrías ser tú el Rey de la selva y no el león, pero tú...
no eres el Rey, aunque no entiendo porqué.

Althimus levantó la vista,
una mirada verde y clara como el riachuelo,
con brillos amarillos y poder en cada destello.

Miró al hombre aquel que le hablaba y se acercó amenazante.
Parecía dotado de una extraordinaria gracia y elegancia en cada paso,
a pesar de su enormidad y peso.

Tendrás que dejar esta selva Althimus,
vivir en la ciudad y conocer la vida de un modo distinto a como la has visto hasta hoy.

Althimus lanzó un rugido, un rugido fuerte y poderoso como él mismo era.
No quería irse y abandonar su selva en la India, el lugar en el que había habitado siempre.
Siempre había sido un gran y hermoso tigre blanco, era tan bello que hasta las aves se detenían a mirar su reflejo en el río.

Deberás dejar esto Althimus. Repitió el hombre. Ya no más engaños, ponte de pié y volvamos a casa, la gente de la aldea ya no te quiere por aquí.

Y Althimus se levantó, miró sus garras y vio con horror que ahora eran dedos, y su blanca piel tersa se quedó sin pelo, y sin sus negras rayas.
Al pasar por la aldea todos le maldijeron y le gritaron, él era el tigre malo que merodeaba por ahí.

Althimus no entendía nada, él sólo había sido un tigre, que tenía hambre.

Manuel Parra Aguilar