Veo en la oscuridad

Veo a esas personas a lo lejos como si viera a través de un espejo. Veo a lo lejos y distingo las voces de niños riendo y de adu...

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El cuidador del Cementerio - Cuentos de Mi Tierra

Don Raúl se acomodo en un viejo sillón, extendió el periódico, encendió un cigarrillo y se puso a leer las noticias en Diario Comercial. Era el año de 1947, el papá de don Raúl había cuidado del cementerio durante muchos años y acostumbro a su hijo a sus tareas de vigilancia, por las noches salían con un foco de mano para alumbrar las tumbas, evitando que fueran profanadas. Cuando don Beto, que así se llamaba el cuidador, abandonó este mundo, las autoridades municipales nombraron a Raúl como el nuevo encargado del camposanto de Tegucigalpa.

Mientras leía el periódico, a eso de las seis de la tarde, esperaba la llegada de su ayudante Remberto, a quien le había encargado tres octavos de aguardientes, un poco de café molido del que elaboraban en las cocinas del mercado Colonial y unas semitas de yema, escucho pasos y preguntó: ¿Ya llegaste Remberto?.

Nadie respondió, se quedó pensativo un instante y siguió leyendo el diario. Poco después llegaba su ayudante.
-Le traje lo que me encargó don Raúl, aquí en la mesa le pongo sus cosas.

El viejo, agarrando un octavo, lo destapó y mientras seguía la lectura se tomaba a sorbos al aguardiente.
-Oí unos pasos y creí que eras vos. Mmm... seguramente era algún muerto.
Remberto sintió un escalofrío que corrió por su cuerpo.
-No diga esas cosas don Raúl, usted sabe que los muertos no salen, de lo contrario ya hubiera dejado este trabajo desde hace muchos años.

El viejo terminó de tomarse el aguardiente y con una sonrisa respondi�:
-Je, je, je, je, ¿te pones nervioso, verdad? ¿Y cómo no te da miedo andar entre las tumbas y andar de ronda por las noches con un foco de mano? No entiendo cuál es el miedo.

El muchacho, armándose de valor, dijo:
-Es que ya me acostumbró y no siento miedo, solamente cuando lo oigo hablar a usted es que se me mete una papada bien fea en el cuerpo.
-Bueno muchacho, relájate, pero lo cierto es que escuchó unos pasos cerca de mi antes de que llegaras. Quizás era un muerto, ja, ja, ja, ja, ja.

Llegó la noche, los grillos y otros insectos comenzaron su peculiar concierto nocturno. A lo lejos los cuidadores podían ver las luces de dos carros que pasaban sobre el puente Mayol hacia Comayagüela o Tegucigalpa.

-Ya es hora de hacer la ronda Remberto. Aquí está tu foco de mano.
Los dos hombres caminaron por la principal avenida del cementerio llena de cipreses grandes y pequeños que le daban un aspecto mas legubre al lugar.

Remberto preguntó: -Dígame don Raúl, ¿cree usted que los muertos salen? ¿Ha visto alguno? -Mmm, veo que ya no te da miedo hablar de esas cosas -repuso don Raúl- es bueno no alimentar el miedo en la mente. A veces muchas personas ven fantasmas donde no hay nada, es la imaginación, un pequeño ruido puede ser algo espantoso. La verdad es que he oído muchas cosas, ruidos, lamentos y gente que corre aquí y en el cementerio, pero jamás he visto nada. Es lo que te digo, la mente le juega sucio a las personas y le alimenta el miedo.

Se internaron en medio de las tumbas alumbrando con sus focos hasta el último rincón, cruzaron por los grandes personajes que tuvo el país y finalmente regresaron a la casa donde vivían como encargados.

Cada dos horas salían a recorrer las pequeñas avenidas y caminos del cementerio en busca de profanadores. Hacía dos meses había atrapado a dos ebrios que pretendían abrir con una barra la tumba de una joven sepultada con sus joyas, así lo confesaron ante la Policía.

Después de ese incidente no se había registrado otro, la vigilancia fue redoblada por orden del alcalde municipal. En el nuevo recorrido Remberto se fue quedando atrás dirigiendo la luz por todas las tumbas cercanas, una bandada de sorprendidas aves voló al sentirse descubiertas.

-¿Qué fue eso? -preguntó don Raúl- ¿Quién anda ahí?
- No se preocupe, soy yo, Remberto. Fueron unos pájaros asustados.

Minutos después los cuidadores se reunieron frente a la tumba de un hombre que durante su vida logró hacerse millonario.
-Aquí está enterrado un hombre que según cuentan hizo un pacto con el diablo para hacerse rico. Dicen que a cambio de lo que recibía tenía que entregarle al demonio un niño recién nacido sin bautizo, cuentan que una vez le falló al diablo y sus riquezas desaparecieron cuando fue fulminado por un rayo en una noche de tempestad.

-A propósito -dijo Remberto- se aproxima una tormenta, ya se ven los relámpagos, mejor nos vamos para la casa antes de que nos agarre aquí y lleguemos todos mojados.

La tormenta se desató sobre la capital en el preciso instante en que los cuidadores llegaban a la casa; con los relámpagos las cruces dibujaban con sus sombras figuras extrañas y desde las tejas caían verdaderos torrentes de agua.

Don Raúl sacó de una bolsa de papel manila otro de los octavos de aguardiente y de un solo se tomó la mitad. -Bueno se terminaron las rondas con la lluvia, será mejor que nos acostemos para descansar, mañana será otro dia. Remberto se fue a su cuarto dándole las buenas noches a su jefe y amigo.

Al siguiente día, cuando el viejo Raúl se levantó, fue al cuarto de Remberto para despertarlo y no lo encontró.
-Este bandido hoy sí madrugó, seguramente fue a dar una ronda.

Luego se puso a arreglar los periódicos viejos, cuatro personas llegaron a la casa de vigilancia y después de saludar a don Raúl le dieron una noticia que jamás espero. Una señora muy triste le dijo: -Usted no me conoce don Raúl, pero soy la hermana de Remberto. Estamos seguros de que lo estuvo esperando anoche, no pudimos avisarle que a él lo mató un carro.
Cuando habíamos arreglado el velorio quisimos venir, pero cayó una gran tormenta. Lo estamos velando en la casa y lo vamos a enterrar hoy en la tarde.

El viejo se puso pálido, tuvieron que ayudarle y lo sentaron en el sillón. Con la voz quebrada por el miedo les contó que Remberto había estado con él desde las seis y media de la tarde hasta la caída de la tormenta. A esa hora precisamente lo había atropellado el carro.
Cuentan que don Raúl dejó su trabajo el mismo día y nunca más se le volvió a ver en la capital. ¿Usted qué opina: salen o no salen los muertos?